Domingos de infancia

 

 

  Nosotros sabíamos
que las ánimas
se sentaban
afuera de las casas
a tomar el sol en los domingos.
Por eso pasábamos
respetuosos y
en silencio.
Sin levantar
más que pequeños
charcos de luz
con nuestros pasos.
Después,
se iban abrazadas con la tarde
hacia el final de
la calle.
Dejándonos,
ateridos de soledad,
en el umbral
perpetuo
de la noche.

 

Carta

Hijos,
aquí estoy.
Acompañando a vuestra madre.
En su voluntario,
tedioso viaje mientras espera la muerte.
Encerrado entre sus temores
y mi carencia de esperanzas.
Asfixiado con el olor terrible
con que impregna la desidia
nuestras ropas.
Por favor,
no me regañen.
Hace tiempo que tomé una decisión,
aunque no me acuerde en lo absoluto
de cuál fue.
Cariños y cuídense mucho.