Hembra

 

Visceral
me dijiste 
que eras
mientras
arrojabas
tsunamis de placer
sobre mi cuerpo
ya rendido.

 

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Uomo

 

Salí del océano (no sé lo que era antes).
Me arrastré
sobre mi vientre durante milenios.
Luego, con torpes y pequeños pies,
comencé a explorar el mundo terreno.
Cuando pude, me alcé sobre mis patas.
Me creí superior.
Comencé
a matar a los demás por simple gusto.
Entonces, la razón me dijo que era un dios.
Y lo creí.
Me dije, que un dios debía crearlo todo,
así que destruí el Universo.
Ahora,
la oscuridad es absoluta
y no tengo esperanza
de hallar
algún 
interruptor.

 

Recuerdos

 

Había olor a sopaipillas.
Los evangélicos cantaban en la esquina y
ya no quedaban futbolistas
en la cancha de tierra.
Había olor a sopaipillas y
la lluvia se asomaba entre los punteros
del reloj de mi padre.
El brasero
comenzaba a contar sus historias
de batallas
y
la noche
se acomodaba, sonriendo,
junto al gato que
dormía.

 

Rutina

 

Cada día,
mi mundo y el real,
enfrentan la mirada como dos
boxeadores que no se temen.
Miden a fondo sus posibilidades.
Se retan
con burlona sonrisa
y se van
a sus respectivas esquinas
a esperar
que autoricen
la pelea.

 

 

Fiebre

 

No me atrevo a volver a esa casa maldita.
Aún está mi fantasma atrapado entre sus tablas roídas.
Veo mi rostro tras los cristales sucios cuando
miro de lejos.
Oigo mis gritos
que escapan por las rendijas y
no me atrevo a ir en mi rescate.
Tomo, inútilmente, la imagen que me diste;
pero, no funciona el exorcismo y sigo aún
aullando entre sus piezas.
¡Pobre de mí!, me digo
y maldigo para siempre
mi total y absoluta
cobardía.

 

 

Semáforo en rojo

 

Señor conductor,
este escupo
tiene propiedades milagrosas.
Es mejor que los limpiavidrios importados que
usted sólo compra porque vienen en inglés.
Se lo digo,
este escupo, más la manga sucia de mi chaleco
dejarán su parabrisas transparente.
Vamos, crea en Dios Padre
y en las palabras lindas
de este mendigo feo y
mentiroso
y, de paso,
suelte luca pa’ un almuerzo
o lo mando a la mierda.

Advertencia

 

Nadie vendrá a sacudirte para
que despiertes.
Se harán cristal opaco
tus esperanzas.
Caerán
hasta el fondo de sus cuencas tus
ojos
amados como niños.
No verás el mar
plagado de estrellas creyéndose
cielo.
No oirás el canto de la tarde.
Ni el susurro de la luz mientras
besa tus labios con
su dejo de promesas.
Y negra
y extraña será
esa noche
que te acune.